domingo, 11 de diciembre de 2016

Aquel All Star de Don Benito





Todo el mundo tiene alguna historia interesante que contar, pero en el caso de Julio una se distingue sobre las demás: organizó en su pueblo el All Star ACB del año 1985. El evento traía premio, el primer concurso de mates celebrado en suelo europeo. De ahí saldría un nuevo superhéroe con capa que en adelante acompañaría a la chavalería en sus carpetas de camino al instituto. David Russell, el ídolo de La Demencia, sembró fantasías voladoras y recogió cariño y admiración por todas las canchas de la geografía. 

La efemérides fue ofrecida, exportada y publicitada en directo por la única televisión de la época, TVE, en su primera cadena. El monocultivo mediático disparó la audiencia (ahora share) de la gesta (hoy, impensable, sería viral, trending topic o como convengamos denominarlo). Lo cierto, es que a la mañana siguiente, última del año, a los críos se les transparentaban los sueños y machacaban los envoltorios de los bocadillos en las papeleras de los parques, los camareros smachaban las propinas sobre los botes copados de calderilla de las barras y cualquier paisano supo que un hombre podía levitar, saltar a otro, aunque fuese un niño, en su viaje a la canasta. 

Hubo un antes y un después tras aquella maravilla para una generación de adolescentes. Así que conviene ascender al desván, revolver la hemeroteca y pararnos a rememorar aquel regalo de Navidad que llegó entre Papá Noel y los Reyes. 


De dónde veníamos

Si bien los clubes habían ido dando forma a sus aspiraciones en la temporada 82-83, no sería hasta la campaña siguiente cuando se puso en marcha la Liga, emancipada de la Federación, bajo la primitiva denominación ACEB (Asociación de Clubes Españoles de Baloncesto), a la que luego se podó la segunda vocal. En su alumbramiento devinieron fundamentales personas como Antonio Novoa, José Luis Rubio, Gonzalo Gonzalo, Juan Fernández, el genial Josean Gasca (tristemente desaparecido muy poco después), Jordi Bertomeu y, por supuesto, Eduardo Portela. 


El 1 de diciembre de 1983 CAI Zaragoza quebró la dictadura de los dos monstruos del fútbol. El equipo maño se había ganado in extremis el derecho a participar en su histórica edición copera por delante del Cajamadrid de Llorente, Del Corral, Brabender o Beiran. A orillas del Ebro, el Pabellón Municipal, el popular “Huevo” (“el Madison de Zaragoza“ como lo rebautizaron en Nuevo Basket) alumbró a un ídolo, Kevin Magee, que transformaría la ciudad, el equipo y hasta la jerarquía de la competición. Rubio, con Miguel Ángel Paniagua de eficaz intermediario, siempre se vanagloriaba de “haber fichado un Porsche al precio de un Seiscientos”. CAI se merendó al emergente Joventut de Aíto en semifinales y al todopoderoso Barcelona en la final y demuestró al resto de la fauna baloncestística que había mucha vida más allá de los grandes. El resultado supuso un efecto inmediato, enriquecedor, medicinal y saludable para una Liga nueva, la del cambio, la de los dos extranjeros y los primeros playoffs. Fue desgraciadamente una liga inacabada o, mejor dicho concluida en los despachos: el Barcelona en desacuerdo con el injusto dictamen por los incidentes del segundo encuentro de la final (se sancionó a Iturriaga y a Mike Davis, pero Fernando Martín salió de rositas) cometió la torpeza de no presentarse al tercer y decisorio partido en el Pabellón y se dio la Liga por ganada al Madrid ante la incomparecencia del rival. 

Los jugadores limaron asperezas en la concentración del combinado nacional y en junio obtuvieron el pasaporte olímpico. La plata de aquella madrugada del verano de 1984 en Los Ángeles despertó el rotundo interés por la cesta en miles de españolitos. Entre legañas, los más versados incluso habían reparado en futuros iconos, Pat Ewing y Michael Jordan, y en el mal genio de Bobby Knight. Los Juegos habían coronado a una generación espléndida que de la mano del fundamental Díaz Miguel había enganchado a todo un país con un juego rápido, vistoso e irreverente frente a rivales superiores en talla y tonelaje (a los rusos les habíamos tomado las medidas en Nantes 83 y con los yugoslavos nos las habíamos cobrado todas juntas en la semifinal olímpica). Antonio había inculcado patrones fundamentales (defensa, transición, contraataque, circulación de balón, tiro) en la cabeza de sus talentosos jugadores y aquellos términos se habían hecho jerga en el vocabulario de los buenos aficionados. 

Al regreso las radios amenizaban las tardes de los sábados con carruseles especiales de baloncesto. Tan pronto se vociferaba un triple en La Malata, como irrumpía una supercanasta Cola Cao desde Lugo o Huesca. La Primera División de toda la vida de Dios (que nadie la ignore ni la olvide) había mutado definitiva en ACB. 

En este eufórico contexto la selección española acude al Europeo de Alemania 85 y da un paso atrás. Juan Corbalán ha abandonado la selección, pero Vicente “el tío más demente” Gil enchufa el turbo y descarrila a los rusos en la fase de grupos. España se deshace con solvencia de los germanos en cuartos. Los yugoslavos, en decadencia, menosprecian a Checoslovaquia en el cruce y a la selección parece allanársele el camino hacia la final, pero por vez primera desde Moscú 80 se desvía la mirada ante un rival y retornan los fantasmas. En lugar de aferrarse a sus virtudes, España, temerosa, se apoca ante los achacosos lanzadores checos (Havilk, Rajniak, Kropilaken y Brabenec) en la cuesta abajo de su carrera, que desarrollan su juego alrededor de ancentrales ochos y cortes sobre el pivot. Un baloncesto del pleistoceno deja a España fuera de la final y el basket patrio inicia una etapa sombría a nivel de selección hasta que unos chicos, impregnados del mismo polen en el 80 (los juniors de oro) derriban la puerta, abren las ventanas (a la gloria) de par en par y nos reconcilian con la tormenta. Pero esa es otra historia. 


El “culpable”

Para explicar cómo y por qué la ACB arribó con su circo ambulante (me encantó la comparación que hizo Javier Ortiz en su magnífico libro 101 Historias del Boooom del Basket Español) a la ciudad pacense, hay que adentrarse en la historia de Julio Gómez.

De chaval, con 16 años, Julio no se perdía un partido de Copa de Europa del Madrid. Se subía a un autobús a las 7 de la mañana para llegar a la capital hacia las 2 de la tarde. Se zampaba un bocadillo y a la Ciudad Deportiva. Procuraba estar temprano, en la apertura de puertas, para coger un buen sitio entre la grada no numerada del viejo Pabellón. Al concluir el encuentro, tomaba el metro hasta Atocha y de allí un tren nocturno le traía de regreso a su pueblo para acudir por la mañana a clase. Así, cada jueves europeo. 

Como jugador alcanzó el campeonato provincial juvenil con el Colegio Claret (ya es casualidad) dombenitense, pero pronto se desmarcó hacia los banquillos. Con 15 años ya había entrenado con éxito al Instituto femenino Donoso Cortés. Creó el Club Baloncesto Don Benito que durante años se integró junto al resto de los deportes en el Patronato Municipal. Con la mayoría de chicos de la tierra, ascendió en tres ocasiones a la Segunda División Nacional, donde entonces se agrupaban los equipos de Castilla La Mancha, Madrid y Extremadura. 

La singular aventura del Circuito de Baloncesto Profesional emprendida por Andrés López en Córdoba, le costó a Julio pasta a finales de los 80. Dos de sus tres americanos tenían pedigrí: Richard Johnson era el hermano del célebre Reggie (campeón con los Sixers, que en España paseó su arte en el Joventut y en León) y Henry James llegó a probar por Estudiantes, pero sus pocas prestaciones defensivas no convencieron, y continuó camino en el Scavollini de Pesaro y en la NBA. La quimérica empresa fracasó envuelta en deudas, y sin los apoyos prometidos, cuando Don Benito lideraba la competición. 

En el curso nacional de entrenadores coincidió con un tal Luis Casimiro. Congeniaron y al poco, en el 90, el manchego se traslada a Extremadura de la mano de Gómez para iniciar su brillante carrera profesional.

En la campaña 97-98, Julio es el director deportivo de la escuadra que triunfa en la 2ª División Nacional y que jugaría la fase de ascenso en la propia localidad pacense. Subirían a EBA el actual Tenerife ACB, Linense y Don Benito, que permanecería en la categoría 9 cursos, hasta que la crisis de la construcción echó por tierra mecenazgos. Tras aquello, y ya limitado por una delicada salud, Julio abandonó de facto las canchas, después de una vida entregada al deporte de la canasta.


¿Por qué Don Benito?

Con la sana intención de expandir nuestro deporte, las ediciones precedentes de la Copa del Rey se habían celebrado en capitales de provincia neutrales alejadas de los centros neurálgicos (Almería, Badajoz y Palencia). Lo de Zaragoza ya ha quedado constancia que trascendió como un bombazo, y unos meses antes (en mayo) se había disputado en Villanueva de la Serena la Copa Asociación (o Príncipe de Asturias), que abrió el portón de la sala de trofeos de Caja de Alava (Baskonia) con los insignes e inolvidables Essie Hollis y Xavier Añua.

Así que cuando se conoció la designación de Barcelona como sede copera la noticia causó cierta sorpresa y revuelo: Murcia había pujado con fuerza e igualó las condiciones económicas de la Ciudad Condal, pero el recientemente elegido presidente de la Federación (todavía organizadora del certamen), Pere Sust, se había decantado por el ofrecimiento del Barcelona de José Luis Nuñez. El certamen supuso un absoluto descalabro: apenas dos mil espectadores presenciaron la final en el Palau entre Joventut y Real Madrid (sin que en la semifinal catalana entre culés y verdinegros se hubiera registrado una entrada mejor).

Para clausurar el año, una mente preclara en la ACB había imaginado un partido All Star juntando a algunas de sus principales figuras al que precedería el primer concurso de mates celebrado en el Viejo Continente. La ocurrencia borraría el mal trago copero. 

Don Benito se postuló de manera firme para el evento. En pleno extraordinario el consistorio aprobó una partida (3 veces inferior a la cifra final de la Copa del Rey) para afrontarlo. Con el pliego aceptado, Julio y unos cuantos concejales cubrieron los casi mil kilómetros que separan la ciudad pacense de la capital catalana en coche durante una interminable y esperanzadora noche. Cerraron el acuerdo y se pusieron a currar contra reloj. 


Un mes escaso para movilizar a un pueblo

Ya no había marcha atrás. Sí o sí el 30 de diciembre de 1985 a las 18.45 horas tendría lugar el Partido de las Estrellas. Media hora antes, ejerciendo de teloneros, los saltarines de la Liga se disputarían el título al mejor matador con premios en metálico de 250 mil, 125 mil y 75 mil pesetas. 

El pueblo se volcó. Julio no daba abasto. Implicó a conocidos, amigos y miembros del patronato municipal de deportes. Los taquilleros y porteros que los domingos cubrían los partidos de fútbol trasladaron sus funciones al baloncesto. A las pocas horas de ponerse a la venta las entradas, se había cubierto el aforo completo que con gradas supletorias se elevó hasta los 3 mil espectadores. 

A Julio le habilitaron una pequeña dependencia en el ayuntamiento. En un tiempo en el que no existían los móviles (y no pasaba nada) a Gómez se le podía localizar en el consistorio, en su casa o en alguno de los dos bares en los que tomaba un tentempié o hacía un breve descanso. No había pérdida y en la ACB lo sabían. 

Poco a poco se fueron conociendo detalles. Por ejemplo, la composición de los equipos. El Grupo Par de la Liga estaría dirigido por Aíto García Reneses, patrocinado por la marca vaquera Lee, y representado en Rafa Jofresa, Miguel Ángel Pou, Willie Jones, Montero, Villacampa, Rolando Frazier, Eddie Phillips y Chuck Aleksinas. Por el Impar (vestidos por la tabacalera Winston), Manel Comas tendría a su disposición a “Chichi” Creus, Epi, David Russell, George Singleton, Wayne Robinson, Andro Knego, Paco Velasco y Carlos Montes. De la convocatoria inicial algunos se cayeron por lesión (Nate Davis, Andrés Jiménez y Claude Riley), otros cuentan que se borraron (Joaquín Costa no sintonizaba con Manel y en los periódicos se escribió que pretextó una dolencia) o que su club desdeñó cortésmente la invitación (Willy Simmons). 




Y llegó el momento

Los jugadores y entrenadores se reunieron en Madrid para partir en avión hasta el aeropuerto de Badajoz, desde donde un bus les condujo al Parador de Mérida. El resto de la expedición (periodistas y directivos) viajó en autocar por carretera hasta el Hotel Veracruz, lugar elegido para su hospedaje. 

Recepción oficial en el Ayuntamiento, maravillosa caldereta para la prensa que degustó los exquisitos productos de la tierra y cena oficial fueron algunos de los ágapes con los que fueron agasajados los huéspedes. Entre fastos, Julio había distribuido amigos para filtrar tanto personaje. Uno de ellos, muy futbolero, confundió a Epi con Villacampa: “No, Epi es el que viene detrás”, le soltó divertido Jordi. En la víspera, un partido entre periodistas y el equipo de Tercera División de Don Benito (respaldado entonces por zumos Fruco), supuso la inauguración oficiosa del Pabellón Municipal. 

La tarde de autos fue abrirse las puertas y al instante no cabía un alma. Alguno hizo caja en la reventa: por la entrada se llegaron a pagar 4 mil pesetas que, por aquella, eran una pasta. Como anécdota, corrió el chascarrillo de que al partido se habían convocado a segundones (Epi II), sin caer en la cuenta que el bueno de los hermanos San Epifanio era precisamente Juan Antonio, el pequeño. 



El concurso

El protocolo se hallaba dispuesto para esa tarde a las 18.15 horas. Los participantes (Willy Jones, Wayne Robinson, Anicet Lavodrama, Carlos Montes, Miguel Ángel Pou, David Russell y George Singleton), el jurado (Wayne Brabender, Manolo Flores, José Antonio González –Mundo Deportivo-, Nacho Rodríguez Márquez –TVE-, Joan Cerdá –Nuevo Basket-, Sixto Miguel Serrano –Gigantes- y dos aficionados), el speaker (Martín Tello condujo de manera magistral la ceremonia) y un público con apetito, expectante y animoso. 

Se echó en falta al elegantísimo Claude Riley, que convertía los mates de espaldas en volutas de humo, ligeros, etéreos como aves migratorias, y al irrepetible e irremplazable Nate Davis, una semana antes lesionado en el hombro. Su viaje para operarse no tuvo retorno: su mujer enfermó y falleció en Estados Unidos. Nate llevaba semanas preparando el desafío y, en mi opinión (absolutamente parcial), se hubiera llevado el trofeo. Muy grande Nate (nuestro Michael Jordan particular).

Willy Jones tuvo la mala suerte de abrir la función, pues el público tardó un poquito en magnetizarse. Wayne Robinson, pinturero con su camiseta blanca, parecía gozar del favor de muchos seguidores en la grada y convenció a sus incondicionales. Lavodrama mostró su exuberante potencia. Montes hizo honor a su apodo “Saltamontes” y eligió su mejor suerte (de espaldas) para la puesta en escena. Pou, buen jugador, pero artista rupestre, se mantuvo en discreto figurante. Russell traía cartas de navegación de allende los mares y calentó al personal con sus lejanísimos vuelos sin motor. Y Singleton, regio y fino, más dado a la anemia que al vigor, frágil como una fuente de porcelana, quizá adoleció de brío. 

Titubeos iniciales en el recuento de las cartulinas. Las puntuaciones se iban rotulando a mano sobre un tablero. Tras la tercera serie, Russell, Robinson y Lavodrama pasaron por este orden a la final, que iniciaron en sentido inverso. Cada uno disponía de otros tres mates para alcanzar el premio. Revisado hoy el video todos tomaron atajos, pues carecían de inventario en su fondo de armario. 

Un postrero y fantástico cambio de mano de Anicet subió la bolsa. Robinson, a la búsqueda de adhesión, se acantonó en la repetición de su excelente 360º. Russell, paseaba atribulado concitando miradas cuando reparó en un grupo de niños e improvisó para la pirueta final. Por tamaño y complexión eligió al más adecuado y lo sitúo a poco más de un metro de la perpendicular de la canasta. Sólo le dijo que cerrase los ojos. El gachí de 11 años, Gustavo Sosa, ataviado con un chándal azul clarito del eterno rival (Real Madrid), se armó de valor y clavó el Don Tancredo. No movió un músculo. Russell tomó carrerilla, batió con las dos piernas a la vez, saltó por encima del crío y hundió con violencia el balón dentro del aro. Puso el listón en el cielo. El instante lo inmortalizó Fernando Laura para Gigantes. Russell había ganado el concurso y el corazón de todos. Con el rugir de la grada Gustavo abrió los ojos. Aquello era un manicomio al que parecía ajeno. Alguien le tomó del brazo y le acercó a la posición de Pedro Barthe donde visionaría por primera vez la gesta. Sí, aquel mocoso sobre el que había sobrevolado una estrella fugaz era él. Durante unos días sería el chico más popular y envidiado de su pueblo y de gran parte de España. 

El aperitivo había igualado al mejor de los cócteles, relegando a la más exquisita de las comidas, arrinconando el más delicioso de los postres, pero aún quedaba el plato central, el encuentro de las estrellas. 


El partido

Tras subirse en la montaña rusa, la gente, extasiada, seducida, aguardaba ilusionada la siguiente atracción de la jornada festiva. El partido no defraudó. Estuvo igualado y se vieron acciones espectaculares. Dominaron los “Pares”, dirigidos con el criterio habitual por Joan Creus (11 puntos y 5 asistencias), que encontró con fluidez a Epi (15) y Russell (23) en las alas y a los pragmáticos Singleton (15), Robinson (16) y Knego (18) en la pintura. Por su parte Comas, confió el perímetro a los verdinegros, Jofresa, Montero y, sobre todo, Villacampa (23), muy bien acompañados cerca del aro por Eddie Phillips (22) y Aleksinas (23). Los blancos de Winston se impondrían a los azules de Lee 103 a 97.


¿Y el bombo?

Al evento habían acudido los más notables del mundillo baloncestístico (García mandó para la ocasión al recordado Andrés Montes) y a la fiesta se había sumado el popular Manolo “el del bombo” que en un momento dado perdió el instrumento. Sí, cuando se quiso dar cuenta le habían afanado su enorme apéndice. Se dio la voz de alarma y a las 3 horas la benemérita hallaría el tambor en un pueblo cercano. Un chaval se lo había llevado prestado a su casa. 

De aquellos días felices sólo hay que lamentar un hecho terrible, el fallecimiento del prometedor árbitro Pedro Escrigas a la tierna edad de 23 años, en accidente de circulación. Descanse en paz. 


Y así concluye esta historia, la que puso en el mapa baloncestístico a un pueblo de apenas 30 mil habitantes. Con el tiempo, los mates de aquel concurso no resistirían comparaciones con los actuales, pero tampoco las carrocerías eran las de ahora. Eso sí, nada puede emborronar la mística, la magia y hasta la lírica del momento. Que se sepa, nadie pidió el libro de reclamaciones. 



Mi gratitud a dos “locos” del mundo del balón naranja. Gracias a Felipe Ramón Alonso por tu pasión contagiosa y por ponerme en contacto con el gran Julio Gómez, el verdadero padre de la criatura. Cuántos desde lugares recónditos de nuestra geografía han hecho tanto por nuestro deporte. Para ellos mi reconocimiento.

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