sábado, 1 de abril de 2017

Las lecciones del profesor John Wooden

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¿Qué se puede pensar de un técnico que la media hora inicial del primer entreno de la temporada la dedicaba a mostrar a sus muchachos cómo colocarse los calcetines y atarse adecuadamente las zapatillas? Que era un educador. Correcto. 

¿Qué diríamos si su puntilloso método no estuviera reñido con los resultados al atrapar 10 campeonatos universitarios? Que contenía un ganador. Correcto.

¿Qué afirmaríamos al conocer que durante 53 años estuvo gustosamente atado a una sola mujer a la que miraba como si se hubiese enamorado esa mañana? Que era un romántico. Correcto. 

¿Qué pensaríamos si después de retirado paseó su “Pirámide de Éxito” estudiada en las principales escuelas de negocios del mundo? Que era un filósofo, un adelantado a su tiempo. Correcto.

¿Qué valor adquiriría alguien elegido miembro del Hall of Fame en 1961 como jugador y en el 73 como entrenador (logro sólo compartido con los míticos Lenny Wilkens, Bill Sharman y Tom Heinsohn)? El de leyenda. Correcto.

Esto y mucho más fue John Wooden, probablemente el coach más reconocido (junto a Red Auerbach y Phil Jackson) de la historia del baloncesto. Su legado trascendió a cualquier deporte y a unas cuantas generaciones. Hacedor de equipos inolvidables, sus records escapan a épocas. 

Pasen que les voy a tomar la lección. 



Nacer en Indiana

“En 49 estados sólo es baloncesto… pero esto es Indiana”. La cantinela es más antigua que sus campos y atribuible a cualquier paisano tan familiarizado con los maizales como a las canastas colgadas junto al granero de su granja. En ese paisaje uniforme creció nuestro protagonista. 

El segundo hijo (después vendrían otros dos) del matrimonio formado por Hugh Josúe y Roxie Anna Wooden asomó al mundo en Hall (Indiana) en la mañana del viernes 14 de octubre de 1910. Ocho años después la familia se traslada a una granja muy cerca de Centerton. No tenían electricidad ni sobraba el dinero, pero el padre se las ingenió para conseguir una forja y fraguar un aro para una canasta que sirviera de entretenimiento a los chicos. La sombra de la Gran Depresión acechaba inclemente a la mayoría de las familias americanas y los Wooden perdieron su granja. Cogieron los bártulos para reinventarse en Martinsville, 30 millas al sur de Indianápolis, donde el padre aceptó un trabajo en un sanatorio local. 

El baloncesto de instituto pasaba por ser una religión en la comarca. En una ciudad de 4.800 habitantes, las noches de partido se apiñaban 5.200 espectadores en el vetusto pabellón. El entrenador Glenn Curtis había conducido a los Artesians al campeonato estatal dos años antes de la llegada de John. Sin embargo, había irritado a los Wooden al relegar al banquillo al mayor de la saga. Después de una pelea con el preferido de Curtis, John estalló: “No voy a darle la oportunidad de que me trate como a mi hermano” y abandonó el equipo. Tras un par de semanas tensas, la situación se recondujo y el muchacho se reintegró al grupo. 

“He tenido bastante éxito, pero no hay nada comparable a ganar el campeonato de high school en Indiana”, reconocería Wooden muchos años después. 

En sus 3 años en Martinsville siempre se le incluiría en el quinteto ideal y alcanzaría las finales estatales. Aquello era una maravillosa locura que bajaba la bandera con un partido el viernes y tres más el sábado. En 1926 cayeron en la final 30-23 ante Marion, en el 27 conquistaron el título (26-23) frente a Muncie, pero éstos se cobrarían venganza un año más tarde (13-12) en el Butler Fieldhouse con una canasta en el último segundo de Charlie Secrist que Wooden jamás olvidaría: “Es el tiro con más arco que vi en mi vida, parecía que iba entre las vigas y entró directamente a canasta”.

Como bachiller Wooden tomó la costumbre de jugar con la llave de la taquilla entrelazada a los cordones de sus zapatillas. 

Su adolescencia vino marcada por el entrenador/mentor Curtis y por la férrea educación en casa. De su padre guardó 7 consejos con los que se manejó durante toda su vida: Sé fiel a ti mismo, ayuda a los demás, haz de cada día una obra maestra, bebe de buenos libros (sobre todo la Biblia), haz de la amistad un arte, construye un refugio para tiempos de necesidad y reza y da gracias todos los días. Amén. 



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“The Indiana Rubber Man”

Con ese sobrenombre (hombre de goma) se le comenzó a apodar en la Universidad de Purdue por el modo en que le lanzaba a rescatar balones imposibles a ras de suelo. El entrenador de los “boilemarkers”, Ward “Piggy” Lambert, marcó profundamente su carrera. Cuando el resto de los colleges, practicaban un baloncesto lento y controlado, Lambert (meticuloso como un maquetista en los detalles) apostaba por un juego rápido y ofensivo. 

Por entonces las universidades todavía no brindaban becas deportivas, por lo que John se afanó en los estudios y en empleos esporádicos como camarero para limar los gastos de la carrera. Su juego destacó de tal manera que fue nombrado All American en 3 ocasiones, alcanzaron 2 títulos de la potentísima Big Ten, y en 1932 (todavía no se había creado la NCAA) la Hells Athletic Foundation reconoció a la Universidad de Purdue como la campeona nacional. 

En 1932 se gradua en Lengua Inglesa y se casa con Nellie, el amor que le acompañó toda una vida, a la que había conocido años antes durante unos carnavales. Tras la ceremonia, para celebrarlo, asistieron a un concierto de Mills Brothers en el Teatro Círculo de Indianapolis: “Pensé que nunca dejarían de cantar”, recalcó el ansioso e impaciente novio. 

Sin una liga profesional de baloncesto organizada, juega algunos partidos para un equipo de Chicago, pero decide rechazar la atractiva oferta de 6.000 S que le realizan los Original Celtics. Sí acepta el puesto como profesor de lengua, director deportivo y entrenador de beisbol y baloncesto en un instituto en Dayton, Kentucky. En su estreno como técnico de los “diablos verdes” registra el único balance negativo (6 victorias por 11 derrotas) de su trayectoria deportiva. La Gran Depresión se lleva por delante al banco donde mantenía sus ahorros y conoce a un empresario de la fruta, Frank Kautsky, que monta el Indianapolis Kautsky´s Athletic Club para ganar todos los campeonatos semiprofesionales que se realizan por los alrededores. Wooden se convierte en el principal atractivo del equipo con una jugada letal en la penetraba para pararse en seco, el defensor se pasaba y anotaba con facilidad. El frutero creó la NBL (National Basketball League) en la que sus representados Kautsy´s caerían en la final pese a los 21 puntos de John. Problemas financieros provocaron la disgregación de la Liga y la vuelta a la vida nómada de los Kautsky´s. Cada jugador cobraba 25 $ por partido (Wooden 50). Así recibió el primer billete de 100 que veía en su vida al anotar una centena de tiros libres consecutivos –llegó hasta 134 seguidos en 46 partidos-.

Compatibilizaba sus clases como profesor de instituto (al poco se trasladó a South Bend, Indiana) con sus escarceos como jugador a tiempo partido. Nacen los dos primeros retoños, su hija Nam y su hijo Jim. En aquella época de romería baloncestística, de un tropezón con el mítico Joe Lapchick durante un encuentro selló una amistad vitalicia. Se enfrentó a un nuevo rico, Eddie Ciescar, propietario de los Ciesar Chrysler Playmouth All American, después de que éste quisiera pagarle la mitad del estipendio fijado. Wooden había llegado jugándose la vida en medio de la tempestad a Pittsburg con el encuentro comenzado para levantarle el partido a los Pirates. Cobró su deuda, pero jamás volvió a jugar para semejante personaje. 


La Guerra e Indiana State

Estados Unidos entra en la 2ª Guerra Mundial y en 1942 se alista en la Marina. Una apendicitis impide al teniente Wooden, instructor de vuelo, comparecer en su primera misión a bordo del portaviones USS Franklin. Su sustituto no regresa a casa. Terminado el conflicto bélico retoma su actividad docente en aula y cancha en Terre Haute. Su registro como entrenador de instituto arroja un notable balance 218/42.

En Indiana State se inicia su etapa como preparador universitario. En su debut en 1947 obtienen el título de conferencia, pero rehúsan su participación en el torneo final de la NAIA, pues ésta prohibía la comparecencia de jugadores de color. Como al año siguiente se suprime la regla, acuden para caer en la final ante Louisville. Clarence Walker ostenta el honor de ser el primer jugador negro en disputar el torneo. El recuento en el bienio con los “Sicomoros” expone un saldo muy positivo 44-15.


La tormenta perfecta y la historia de Eddie Powell

En 1948, a sus 37 años, John Wooden tiene decidido cambiar de aires. La Universidad de Minnesota se abre como primera opción. Su director deportivo, Frank McCormick, le ofrece el cargo de entrenador. Sólo parece existir un obstáculo: quiere que conserve a Dave McMillan, técnico saliente, como segundo. Wooden no lo acepta y se enroca. En el paquete pretende llevarse como ayudante a Eddie Powell, al que había tenido como jugador y alumno en South Bend. Wooden, terco, espera la llamada a las 7 de la tarde, pero se desencadena la tormenta perfecta y la nieve impide que funcionen las líneas telefónicas. Cuando tiempo después las comunicaciones se restablecen, John ya acordado un contrato con Wilbur Johnson, director de atletismo en UCLA, que no le pone esa limitación. 

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Tres lustros para ver títulos

Su aterrizaje en el barrio de Westwood, a los pies de las colinas de Hollywood con el selecto Beverly Hills a una tirada, el esplendoroso Sunset Boulevard donde residen las estrellas cinematográficas y las playas de Malibú y Santa Mónica para un chapuzón, no fue idílico aunque siempre pareciera primavera. El equipo de baloncesto de la universidad pública de California sólo había obtenido registros ganadores en 3 de las últimas 17 temporadas. Virar aquello le iba a costar, más si cabe con la premisa de que en el director atlético, Ron Sanders, convergía la figura de entrenador de fútbol americano, con lo arrimaba el ascua a su sardina y derivó los mejores medios a su programa. “Tras la primera práctica me sentí muy decepcionado. Si hubiera sabido cómo abortar el acuerdo de una manera honorable, lo habría hecho”, confesaría. 

En su arranque mutó el estilo propio de los equipos de la Costa Oeste, para hacer de los suyos un conjunto de juego rápido, ritmo y sencillo. Arqueo positivo con 22 victorias y 7 derrotas. 

Las promesas de cancha propia tardaron 17 años en hacerse realidad. En el minúsculo y asfixiante gimnasio se hacinaban 2.500 espectadores en sus gradas nido. No era extraño compartir pista con equipos de otras disciplinas ni resultaba una quimera observar al propio Wooden o a sus ayudantes barrer o fregar el parquet. En el año 56, las autoridades lo declararon peligroso y los Bruins (osos pardos) emigraban al Venice High School de Long Beach City College o al Pacífico Auditorio Pand de la USC (sus rivales directos en la ciudad) para jugar o entrenar de prestado. Wooden, por su parte, trató de hacer de la necesidad virtud y encallecer a sus jugadores en la dificultad. La travesía duró hasta que en noviembre de 1965, con título en la buchaca, se erigió el Pauley Pavillion, con capacidad para más de 12.000 espectadores. 

Antes de que diera inicio la segunda temporada le llegó una oferta de su antigua universidad de Purdue, muy por encima de los 6.000 euros anuales que percibía. Pidió que le liberasen de cumplir el tercer año, pero los dirigentes se agarraron al acuerdo y propusieron un aumento en la remuneración. Wooden lo desechó respetando lo firmado. El dinero nunca le supuso un obstáculo (su salario más alto alcanzó en el cénit de su carrera los 32.500 euros), e incluso debido a un error de redacción en el primitivo contrato, no le realizaron las aportaciones a su plan de pensiones hasta su decimotercer año en LA. 

En las campañas 50, 52 y 56 UCLA entró en el NCAA, pero con la segunda ronda como tope. Al culminar el curso del 60 con un registro pobre (12-10), Wooden fiscalizó su proyecto bajo uno de sus conocidos postulados: “El fracaso no resulta fatal, la voluntad de no cambiar sí podría serlo”. Autocrítico, pensó que se encontraba rodeado de una corte de palmeros: “A mi lado sólo escuchaba el sí señor”, por lo que incorporó como ayudante a Jerry Norman. Como asistente, el antiguo bruin aportó un espíritu insumiso, incorporó una defensa 2-2-1 presionante a toda pista que elevó las pulsaciones de los angelinos y ensanchó el objetivo del reclutamiento a los más prometedores talentos del país (algo a lo que el entrenador nunca había dedicado especial atención). En 1962 entraron en la Final Four: Cincinnati (futuro campeón) les cortó el paso en semifinales (70-72). En el 63 J.D. Morgan se convierte en el nuevo director de deportes, liberando a Wooden de determinadas tareas administrativas para centrarle en la cancha. Las piezas estaban en un tris de encajar. 

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Ganar con bajitos

En el otoño del 64 ninguno de los titulares superaba los 195 metros de estatura. La dupla exterior la componían un base senior traído del área de Filadelfia, Walt Hazzard, de gran lectura de juego, y un escolta blanco rechonchito zurdo, Gail Goodrich, de excelente mano. El equipo era trabajador y correoso y había depurado la zona presionante con Goodrich y Fred Slaughter adelantados, Hazzard y Jack Hirsch en el medio y Keith Erickson de tapón atrás. Del banquillo se incorporaban asiduamente Kenny Washington y Doug Mc Instosh alargando así la rotación habitual a 7 hombres.

A mitad de curso, UCLA se encaramó al nº 1 en la tablilla de encuestas y se plantó, tras liderar la Pacific 10, invicto en el torneo NCAA. Seattle y USF fueron las siguientes piedras del camino. Michigan supuso el penúltimo escollo. Duke partía como claro favorito en la final. En apariencia los “Blue Devils” tenían de todo más: tiro, altura, tonelaje, defensa y fondo de armario. 

El encuentro se movía en distancias cortas favorables hacia Duke (30-27 en las postrimerías del medio tiempo) hasta que Wooden agitó el avispero. La zona press le rindió excelso rédito. En dos minutos y medio endosaron un parcial de 16-0 para marcharse en franca ventaja (43-30) al descanso. Sin bajar un ápice el pistón, la continuación resultó hasta cómoda (98-83). Entre Goodrich y Whashington habían anotado 64 tantos. La exhibición defensiva (29 recuperaciones) había abierto el melón de la era Wooden y coronado a dos pequeños (Goodrich promedió 21,5 puntos y Hazzard -11 puntos y 8 asistencias en la final- recogió el premio al mejor jugador del año) de escasas virtudes físicas, pero dotados de refinada técnica y extraordinaria inteligencia, que triunfarían en la NBA.

En la temporada siguiente, Wooden logró enmascarar la pérdida de Hazzard, que licenciado había salido rumbo a los profesionales, para articular otro equipo con mayúsculas bajo los mismos postulados con Goodrich de legítimo referente. Así alcanzaron la postemporada con sólo dos derrotas, despacharon a Brigham Young, USF, Wichita y pulverizaron a Michigan en la final (91-80) para revalidar el campeonato bajo el poderío anotador de un descollante Goodrich (42 puntos), pese a la oposición de Cazzie Russell (28 tantos).

Cuando en octubre el primer equipo caía 85-70 en un amistoso frente a los novatos liderados por un descomunal chico venido de Nueva York (que les endosó 31 puntos y 21 rebotes), Wooden ya barruntó que sería un capítulo mediocre. Cedieron el título de la Pacific a Oregon State y no recibieron la invitación para el torneo final. Texas Western dejó a Adolph Rupp con las ganas de obtener su quinto entorchado con Kentucky. Por vez primera un equipo compuesto de salida por 5 jugadores negros resultaba campeón. El entrenador Haskins le buscó las vueltas a la zona 1-3-1 ideada por el “barón” al mantener tres bases durante todo el choque para pasar a la historia. 

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Ganar con Lew Alcindor

“Fue el único entrenador que no me habló exclusivamente de baloncesto durante la entrevista”. Wooden recibió al rutilante jugador de instituto del que todas hablaban en su reducida oficina del tamaño de un trastero. Antes, el escolta titular Edgar Lacy le había mostrado el campus. Se levantó, le estrechó la mano y le invitó a tomar asiento. “Esperamos que nuestros chicos trabajen duro y lleven bien sus estudios… Estoy impresionado con tus notas… Aquí trabajamos duro para que nuestros chicos prosperen y ganen títulos”. Wooden había llamado al chaval por su nombre completo (Lewis) en señal de respeto y se había mostrado cercano, culto y afectuoso. Cuando se despidieron Alcindor sabía que pondría su destino en manos de ese hombre sencillo del Medio Oeste de rictus descansado y aspecto monacal. 

Por entonces, los novatos no podían jugar con la primera plantilla. Gary Cunningham, bajo la estrecha supervisión de Wooden, preparó a fuego lento durante el curso a la excelsa camada (habían rodeado a Alcindor de varios All American de instituto). Para acrecentar las posibilidades del gigante (que estiró en UCLA desde los 2,13 metros hasta los 2,18) trajeron a un antiguo jugador y entrenador de Oregon State, Jay Carty. Éste pulía al diamante, enmendaba cualquier defecto técnico, le colmaba de ejercicios para amplificar el salto y el desplazamiento lateral y le exigía directamente en enfrentamientos individuales plagados de contacto y faltas. 

En el otoño del 66 a Wooden se le habían caído dos titulares, Edgar Lacy (con la rótula quebrada) y Mike Lynn (la gran esperanza blanca, al que habían pillado con una tarjeta presuntamente robada). Tampoco se llevó las manos a la cabeza con la regla que prohibía los mates (es más, no le gustaban) y que perjudicaba claramente el venidero dominio de Alcindor en las zonas. A Wooden le espantaban las excusas, así que se puso manos a la obra. 

Mike Warren (famoso después por su papel en la serie Canción Triste de Hill Street) calcaba la figura de base cerebral, Kenny Heitz y Lynn Shackleford asumían funciones de intendencia con implacable disciplina y Lucius Allen se manifestaba en verso un tanto libre; escolta fino, elegante, de movimientos plásticos, pero remolón en horarios y estudios más dado a la fiesta. Alcindor coronaba el quinteto crepuscular (integrado por cuatro jugadores de segundo año y uno de tercero) al que complementaban dos sólidos jugadores blancos (Jim Nielseny Bill Sweek) que untan de pegamento los equipos. 

Tras dos días de colas, en el flamante Pauley Pavilion se ponía de largo la temporada en medio de una expectación insólita. Los bruins destrozaron a sus vecinos USC en una victoria sin paliativos por 15 puntos. Lew Alcindor asustó a todo el gremio en una maravillosa exhibición y de paso rompió el record de anotación de la universidad (56 puntos). Elevó la marca tiempo después hasta los 61 frente a Washington State. En adelante los rivales no sabrían a qué atenerse: Duke le dobló los marcajes en su primer enfrentamiento y cayeron de 35; en el segundo, cuando obviaron las ayudas, les martilleó con 35 puntos y palmaron de 20. La teoría de la manta corta que siempre te deja algo por tapar. Oregon State llegó a congelar la pelota, sin lanzar durante 20 minutos: “Era tan excitante como ver crecer la hierba”, subrayó un irónico aficionado. 

En los partidos ajustados asomaba la sapiencia del coach. Frente a Colorado State con 2 arriba salió a la perfección el movimiento de ataque diseñado que terminó en canasta y la trampa defensiva urdida en el tiempo muerto. “Nos pusimos en sus manos y nos enseñó exactamente cómo ganar”, asentía admirado Alcindor. Contra California State, Wooden demostró plena confianza en los suyos: ganaban por 2 con 25 segundos por jugar cuando ordenó realizar falta para disponer de la última posesión. Tras los dos tiros libres convertidos, los angelinos desperdiciaron la última bola, pero se impusieron en la prórroga. 

A velocidad de crucero, el equipo arribó inmaculado la Final Four de Louisville. Pese a las bravatas de Elvis Hayes, los Cougars cayeron en semifinales por 15. Una perseverante Dayton porfió hasta donde pudo en la final para sucumbir 79-64. Primer título de la era Alcindor. 

En la campaña 67-68, Mike Lynn había ascendido a titular y Edgar Lucy se distinguía como primer suplente. Todo marchaba de maravilla hasta que a 8 días del encuentro frente a Houston, Alcindor se lastima seriamente un ojo y causa baja en los dos encuentros posteriores. En el partido televisado para todo el país y record de asistencia en el Astrodome, Elvis Hayes (39 puntos) humilla a Alcindor, pero los Bruins sólo pierden de 71-69. Muy diezmado, apenas veía, sólo convierte 4 de los 18 lanzamientos que intenta. La derrota trae dos consecuencias: Lew se juramenta y coloca en su habitación el poster de Sport Illustrated en que Hayes realiza un mate sobre él, y el talentoso Edgar Lucy, que no pisó la cancha en toda la segunda mitad, abandona al poco enfadado el equipo en una situación que Wooden no supo tratar. UCLA se cobró la afrenta en la Final Four a través de una despiadada victoria (101-69) en la que llegaron a tener una ventaja de 44 tantos. La defensa de Shackleford dejó a Hayes en unos míseros 10 puntos. Alcindor, tras anotar 47, se explayó ante los medios: “Quisimos enseñarles buenos modales”. En la final, la defensa angelina colapsó a North Carolina (78-55) con Alcindor estelar (34). Cuatro bruins fueron distinguidos en el mejor quinteto del curso. Abrumador. La prensa llegó a rebautizar el torneo graciosamente como “UCLA Invitational”.

El aviso de los “troyanos” de USC en el último encuentro de la temporada regular 68-69 rompió una racha de 41 victorias consecutivas (85 en casa) e hizo sonar el despertador de los “osos pardos” a tiempo para enfrentar la NCAA. En la final regional arrasaron a Santa Clara, en semis sufrieron algo más ante Drake y coparon sus ansias victoriosas ante Purdue (92-72). Heitz anuló a Rick Mount, la estrella rival. Lew Alcindor se graduaba con 37 puntos como colofón, tres títulos universitarios consecutivos (algo jamás logrado) y sus correspondientes trofeos individuales como mejor jugador y un bagaje de 88 victorias y 2 derrotas. En adelante haría carrera en los profesionales bajo el nombre de Kareem Abdul Jabbar. 


Ganar en el periodo de “entrepivots”

Sin una referencia interior sobresaliente, el entrenador recoge el guante “Va a ser divertido entrenar para ganar otra vez” y el grupo no pierde el compás. Henry Bibby (el padre del talentoso Mike) toma la batuta y expande las habilidades de Sidney Wicks, Curtis Rowe y Steve Patterson, con Kenny Booker haciendo aporte energético en sus apariciones desde el banquillo. New Mexico State no es rival para los “osos pardos”, que esperan oponente de la lucha de gigantes de la otra semifinal. St. Bonaventure, sin Bob Lanier, se empequeñece ante Jacksonville, que había llegado al torneo promediando más de 100 puntos. Su estrella, Artis Gilmore (2,20 metros), naufraga en el encuentro decisivo. Wooden le prepara una estrategia sándwich, entre Wicks y Patterson, y sólo enchufa 9 de los 29 lanzamientos que intenta. 

En la temporada 70/71 Marquette, dirigida por el prestigioso Al Mc Guire, se postulaba como principal favorito. UCLA en un encuentro televisado a toda la nación parecía perder pié ante Notre Dame (su jugador franquicia, Austin Carr -46 puntos- había visto el aro como una piscina), pero los angelinos recobran aire en la Final Four, en el tiempo en que se distinguen a los hombres de los niños. En el primer capítulo, ocho puntos les separan de Kansas. En el definitivo, inscriben el nombre como ganador a costa de Villanova (68-62). 

Dos títulos de mucho mérito preceden a “Big Red”. 

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Ganar con Walton

Un coloso pelirrojo de la zona (provenía del colegio Helix de San Diego) se incorporaba al rebaño del pastor Wooden. El californiano Bill Walton, dominaba la pintura, intimidaba, corría la pista, portaba una gama de movimientos suficientes en las inmediaciones del aro y poseía una extraordinaria lectura del juego. A su vera (todavía gozaron un año más de Bibby), se desplegó un esplendoroso alero, Keith (luego Jamaal) Wilkes, un base de manual (Keith Lee) y un complemento interior formidable, Swen Nater. Se adueñaron despóticamente de la competición durante dos años y medio. Dos nuevos trofeos, invictos, con Walton marcando territorio en medio de guarismos desproporcionados. 

En el 72, frente a Lousville en semifinales (que le acusó de llorón y de gozar del favoritismo arbitral) despejó las ilusiones de los de Danny Crumm (a 33 puntos añadió 21 rebotes) y certificó (81-76) ante Florida State (con el trío Walton, Bibby y Wilkes superando la veintena por barba) el octavo campeonato. 12 meses después la historia se repetía: en el penúltimo episodio los Bruins las pasaron canutas para superar a Indiana (que también se acogió al pretexto de la presunta manita de los jueces); Memphis State (acaudillados por Larry Kennon) llegó a gozar de una ventaja notable (9 puntos) en la primera parte y exigió del mejor Walton (44 puntos, 13 rebotes y 21/22 en lanzamientos de campo) para avasallar en la prolongación (87-66). Noveno entorchado. 

La racha victoriosa se prolongó durante 88 partidos. El 14 de enero de 1974 Notre Dame la quebraba. Acumularían otras tres derrotas: La última en la semifinal del torneo NCCA ante North Carolina State y su astro, David Thompson, supuso el fin del ciclo académico de Walton. Desperdiciaron una renta de 11 puntos para mostrar la bandera blanca en la segunda prórroga al futuro campeón (77-80). Después de 7 años, retornaban al campus sin cortar las redes. 

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Retirarse en la cima

Nueva diáspora hacia profesionales. Del quinteto titular sólo permanecía David Meyers, mayormente conocido por sus vigorosos bloqueos. Los jóvenes, Marques Johnson, Richard Washington, Andrew MCarter y Ralph Drollinger recogen el testigo. Wooden se agarra a una rotación corta de 6 hombres para estirar el chicle y camina entre emociones en el torneo NCAA (dos partidos los salvan en la prórroga). Tras la victoria justita 75-74 (con una canasta sobre la bocina de Washington) ante su discípulo Danny Crum (al cargo de Louisville) en semifinales, entra gozoso al vestuario. Se franquea en primicia ante los suyos y, de paso, toca la tecla (la fibra) oportuna: “No sé cómo lo haremos el lunes por la noche, pero creo que lo haremos bien. Independientemente del resultado, nunca he tenido un equipo que me diera más placer y estoy orgulloso de vosotros. Éste será mi último equipo como entrenador”. Aguarda la favorita, la Kentucky de los mastodontes (Bob Guyette, Rick Robey, Mike Phillips y Dan Hall lindan los 2,10 metros), que han dejado fuera a la imbatida Indiana… pero Wooden tiene media final ganada. 

En San Diego, el 31 de marzo de 1975, la victoria 92-85 (la número 620) cierra su esplendorosa carrera con el décimo campeonato. Tras la misma, un aficionado se le acercó y le soltó: “Felicidades coach. Nos falló el año pasado, pero este título compensa el fiasco”. Acojonante. 

En aquel instante, el hincha no era consciente de cuánto iba añorar al viejo profesor. Llegaron entrenadores de todo calado (Gene Bartow, Gary Cunningham, el afamado Larry Brown, Larry Farmer, Walt Hazzard) pero hubo de esperar dos décadas para descorchar el champagne con Jim Harrick a los mandos. 

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El método Wooden

Aferrado a sus rígidos valores morales ponderaba el grupo sobre la individualidad, el camino sobre el resultado, la educación sobre la victoria. Exigía puntualidad, decoro y compañerismo. Enseñaba educando, que diría el maestro Josep Bordas en el Colell, desde el respeto, el ejemplo y la comprensión. “Jamás se escapó de sus labios la palabra ganar. Sólo nos pedía jugar al máximo de nuestro potencial” (Doug McIntosh). Para el más victorioso, ganar ni estuvo por encima de todo ni fue lo más importante. Nadie que llegara tan alto, mantuvo los pies más firmes al suelo. 

Sus entrenamientos jamás se prolongaban más allá de dos horas. No había interrupciones (sus ayudantes sacaban a los jugadores de la cancha para corregirlos), ni sillas para descansar ni agua para avituallarse. Concedía importancia capital a las prácticas durante la semana: se juega como se entrena. Cuando Sidney Wicks le pidió permiso para saltarse una sesión y acudir a una manifestación contra la Guerra de Vietnam, Wooden desechó la solicitud: “Te comprendo. Yo también soy hombre de principios. Y no tengo principio más básico que el del entrenamiento”. Buscaba la intensidad extrema, la preparación exhaustiva física y mental de sus chicos. 

Vigilaba el lenguaje, la indumentaria y la presencia de los chavales. No permitía tacos, faltas de respeto a compañeros, rivales o árbitros. Perseguía el aspecto desaliñado, la barba o el pelo largo. En cierta ocasión, Walton se presentó al entreno con barba y bigote. El pelirrojo al ser cuestionado alegó que estaba en su derecho y que creía firmemente en ello. Wooden ni se inmutó: “Muy bien Bill, admiro a la gente que tiene creencias y las defiende. Vamos a echarte mucho de menos”. Al gigante, asombrado, le faltó tiempo para correr al vestuario a afeitarse. Algunos le tacharon de inmovilista, estricto, autoritario, envarado, pero la realidad demuestra que sus pupilos le adoraron: “Nos enseñaba a reaccionar ante cualquier situación de la vida. Aprendimos sobre muchos aspectos que los chicos normalmente pasan por alto. Él no nos dejaba hacerlos” (Kareem Abdul Jabbar). Anciano y retirado, Wooden consiguió mantener contacto permanente y afectuoso con 172 de los 180 chicos que pasaron por sus manos, en lo que constituía su gran patrimonio moral. Jamás permitió la retirada de una camiseta, por respeto a los que habían portado el número antes. Era firme y flexible, suave y áspero, ni temeroso ni temerario. 

No tomaba atajos. El dictado de su eficacia se basaba en la simplicidad: “El baloncesto es un juego muy simple que algunos entrenadores insisten en complicar”. Consideraba superficiales el dribling por detrás de la espalda o entre las piernas e incluso los mates. No se distraía con rivales, dedicaba su tiempo a preparar a su equipo hacia principios fundamentales: aguerrida defensa, dominio del rebote, ritmo (velocidad sin prisas), contraataque y selección de tiro. Dirigía los partidos bajo una apariencia tranquila, comedida, sin gritos ni aspamientos, con pocos cambios, sin precisar demasiados tiempos muertos. Se alejaba de los records bajo un axioma hoy pleno de actualidad: “Necesito ganar solamente el siguiente partido”.

Ejemplificaba su baloncesto de empaque mosquetero en dos jugadores, Conrad Burke y Doug McIntosh, en apariencia residuales: “Ninguno de los dos podía tirar muy bien, pero tenían porcentajes de tiro sobresalientes porque no los forzaban. Ninguno saltaba mucho, pero mantenían la posición y hacían un buen trabajo en el rebote. No eran rápidos, pero mantenían un buen equilibrio. Alcanzaron su potencial posiblemente total como ningún otro jugador que haya tenido y los considero tan exitosos como Alcindor o Walton”. Los gregarios percibían el alcance de su tarea y cobraban su parte alícuota de gloria. 

En una época de singulares conflictos raciales, sociales y bélicos “El Mago de Westwood” (apodo que odiaba) mezclaba bien los naipes (estibadores con virtuosos, gigantes con pequeños) para componer una estirpe de ganadores incomparable en el baloncesto universitario.


El Corte de UCLA

El reconocido y hoy todavía vigente sistema de juego lo ideó Wooden en la época de Alcindor tratando de fomentar el poderío del gigante, su habilidad y su excelente visión de juego, a la vez que aprovechaba la inteligencia y la efectividad en el tiro de sus pequeños. 

Se estructura con un dibujo inicial de un base en el centro, los pivots en la prolongación de la personal y los aleros a su misma altura pegados a la bandas (en formación 1-4). El base pasaba a uno de los alas y cortaba sobre un bloqueo ciego del poste del lado fuerte. A partir de ahí el bloqueado podía postear, iniciarse un movimiento flex o jugar una situación de 2 contra 2 entre el pivot y el alero. Se buscaban también pases interiores hacia aleros altos que cortaban hacia dentro tras recibir bloqueos. 

El esquema ha marcado tendencia durante más de medio siglo y se ha demostrado universal, con múltiples variantes, especialmente útil para equipos versátiles, con grandes dotados de movilidad y capacidad de pase, y exteriores listos y con ventaja de estatura en las posiciones de 1 y 3. 

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La Pirámide de Éxito

Durante 14 años John Wooden estuvo desarrollando su llamada “Pirámide de Éxito”. Se trata de un manual de liderazgo y trabajo en equipo que ha sido estudiado en las universidades más prestigiosas y puesto en práctica en importantes empresas de todo el mundo. 

La Pirámide está compuesta por 15 bloques sobre los que reposan los requisitos necesarios para alcanzar el Éxito. La base se cimenta en la Laboriosidad (trabajo duro), la Amistad (respeto más camaradería), la Lealtad (situada en el centro de la pirámide), la Cooperación (en el intercambio de ideas, responsabilidades y creatividad) y el Entusiasmo. Así, pues los pilares fundamentales de la estructura son la laboriosidad y el entusiasmo, con el corazón puesto en el ejercicio del trabajo. En el segundo escalón se encuentran el Autocontrol, la Vigilancia (alerta para aprender de cualquier persona o actividad), la Iniciativa (o la capacidad de actuar sin temer el fracaso), la Tenacidad (con la disposición para mantener el rumbo). En el tercer piso se encuadran la Condición Física y Mental Adecuada, la Habilidad (en la cualidad de ejecutar de forma rápida y correcta), el Espíritu de Equipo o generosidad. En el cuarto peldaño se emplazan el Equilibrio (ser tú mismo) y la Confianza (creerse completamente preparado). En la cima reside la Grandeza Competitiva (teniendo la oportunidad de hallarse en el mejor nivel competitivo cuando la exigencia sea la mayor).

Wooden definía el Exito como “la paz interior alcanzada a través de la autosatisfacción de saber que se hizo el esfuerzo de hacer lo mejor de lo que cada uno era capaz”. El profesor se sirvió de sentencias (woodenismos) para apoyar sus teorías: “La habilidad te llevará a la cima, el carácter te mantendrá allí”. “Creo en ir al frente con un estandarte, no atrás con un látigo”. “Preocúpense más por su carácter que por su reputación”. “Aprende como si fueras a vivir eternamente y vive como si fueras a morir mañana”. “El fallo en la preparación es prepararse para fallar”. “El hombre que tiene miedo de arriesgarse, tiene que enfrentarse al éxito”. “Con pequeños detalles se hacen grandes cosas”. “Mi vida es un constante balance entre enseñar y aprender”…

En su glorioso retiro daba charlas y conferencias por todo el país con un caché no inferior a 30 mil $. 

Familia, Religión y Baloncesto focalizaron su vida. Un periodista le preguntó cuánto tiempo dedicaba a cada cosa: “Las 24 horas del día a cada una”, respondió sonriente. Idolatraba a Abraham Lincoln y a Santa Teresa: “Una vida no vivida para los demás no es una vida”. Recurría a su pasaje bíblico preferido en Corintios 1, 13: “Si no tengo amor… de nada me sirve”. 

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Nelly

Y Nelly llenó su vida de amor y cariño durante 53 años. 

Dicen que nunca empezaba un juego sin buscar la sonrisa complaciente de su mujer en la grada. 

Cuentan que en el 1984 asistieron como invitados a la Final Four celebrada en Seattle. Nell ya se encontraba muy enferma y no podía separarse de la silla de ruedas, siempre empujada por John. Se alojaron en el hotel destinado a la prensa y los entrenadores. Una noche los Wooden dieron las buenas noches y cruzaron el vestíbulo. Antes de llegar a los ascensores, se escuchó un aplauso espontáneo, y luego otro, otro y otro… hasta que la ovación se hizo emocionantemente unánime. La pareja se giró perpleja y conmovida y agitaron sus brazos agradecidos. “No hay mayor respeto que el de los propios compañeros”, sintetizó el profesor al periodista que le recordó la anécdota. Algo tendrá el agua cuando la bendicen…

Un año más tarde Nelly fallecía. Su ausencia supuso para John el reto más difícil de su vida: “Estoy deseando verla de nuevo”, declaraba al periódico de la universidad. Los días 21 de cada mes, después de visitar su tumba, escribía una carta a su amada, la enlazaba con las anteriores y dejaba el paquete apilado junto a su almohada. En la ausencia de su mujer, no cambió ni un solo mueble de la casa. Tan sólo añadió algún cuadro a medida que se sumaban biznietos. 

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Que hablen los grandes…

“Su nombre es lo único que me viene a la cabeza cuando me preguntan por algún entrenador. Con sus consejos ayudaba mucho a cualquier colega que le preguntara” (Jim Boeheim, entrenador histórico de Syracuse).

“Era alguien bajo cuya apariencia de maestro jubilado se escondía el ganador implacable y lleno de instinto asesino que se sentaba en nuestro banquillo” (Kareem Abdul Jabbar).

“Nos enseñó cómo aprender, cómo pensar, cómo soñar. Nos enseñó a hacer una vida para nosotros mismos, nunca alrededor del baloncesto, aunque siempre pensamos que se trataba sobre el juego mismo… Tenía un corazón, un cerebro, un alma que la puso en una posición para inspirar a otros a alcanzar niveles de éxito y de paz interior que nunca hubieran alcanzado por sí mismos… Le doy las gracias todos los días por todos sus regalos desinteresados, sus enseñanzas, su tiempo, su visión y sobre todo su paciencia. Por eso le llamamos El Entrenador” (Bill Walton).

“Su legado trasciende el deporte. Lo que hizo fue producir líderes” (Gene Block, rector de la Universidad).

“John, usted no tiene que usar malas palabras para motivar a los jugadores. La mayoría de nosotros sí… La gente no entendió lo inteligente que era. Fue un tipo humilde al que nunca se le destacó lo bien que había entrenado. Podía entrenar a cualquiera y no era fácil con tipos como Jabbar o Walton porque no era fácil tratarlos. La gente no le da el crédito por lo que llevó a cabo con esos chicos que jugaron para él” (Red Auerbach).

“Usted puede tener una discusión acerca de quién es el segundo mejor entrenador universitario de todos los tiempos. No hay absolutamente ningún argumento para rebatir quién es el más grande: Coach Wooden” (Mike Krzyzewski). 

En el New York Post extendieron las comparaciones dinásticas entre la Universidad de UCLA, los Celtics de Bill Russell y los Yankees de Joe DiMaggio y Mickey Mantle. ESPN le designó el entrenador del siglo XX y Sports Illustrated le nominó como el mejor entrenador de todos los deportes en Estados Unidos. En 2003 recibió de manos del Presidente Bush el mayor honor que puede recibir un civil en Norteamérica, la Medalla de la Libertad. John Wooden falleció el 5 de junio de 2010 en medio del reconocimiento de todo el deporte mundial. Le faltaron unos meses para alcanzar la centuria. 



Decía el recordado jugador Carlos Montes “Sólo hay dos tipos de entrenadores: el que te pone y el que no”. Puede ser Carlitos, pero algunos como Wooden dejan una huella indeleble en jugadores, colegas y público. Son historia siempre viva de nuestro deporte

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